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Alejandro Magno | Muy Historia Ed. Coleccionista Digital nº 89

7,50 

El hombre que quiso ser un dios.
Pocas figuras históricas han quedado tan sepultadas bajo su propia leyenda como Alejandro Magno. Durante más de dos mil años ha sido héroe, dios, conquistador, visionario, tirano, libertador o simple aventurero, según quien contara su historia. Pero detrás del mito existió un personaje mucho más fascinante, un rey macedonio que, en apenas una década, cambió para siempre el rumbo del mundo antiguo. Alejandro murió a los treinta y dos años sin haber perdido una sola batalla, pero también sin haber descifrado cómo gobernar lo que había conquistado, sin haber elegido un sucesor y sin haber decidido si era un dios o un hombre. Cuando sus generales le preguntaron a quién dejaba el Imperio, respondió —o eso dice la tradición— con tres palabras: «al más digno». En menos de quince años, su familia había sido exterminada y su imperio repartido a golpe de espada entre quienes habían combatido a su lado. Detrás del conquistador que cruzó el Helesponto a los veintidós años hubo un adolescente que dormía con la Ilíada bajo la almohada, un alumno de Aristóteles que ordenó ejecutar a su sobrino, un rey que lloró días enteros sobre el cadáver de su mejor amigo y que lanzó una campaña de exterminio como ofrenda a su memoria. Un hombre que fundó más de veinte ciudades y destruyó otras tantas, que trató a la madre de su enemigo como a su propia madre y que atravesó con una lanza al compañero que le había salvado la vida. Este es un recorrido desde el mundo roto que hizo posible su gesta—las poleis griegas devoradas por sus propias contradicciones, el Imperio persa agrietado por dentro— hasta el mundo que él mismo dejó al morir: fragmentado y en guerra, pero impregna do de una lengua, una cultura y una forma de entender el poder que llegaría hasta hoy. Y, también, por sus campañas militares, el funcionamiento secreto de su corte, el papel de las mujeres que lo marcaron, su obsesión por la divinidad, el enigma de su muerte y la pregunta que dos mil trescientos años de historia no han logrado cerrar: ¿quién fue realmente Alejandro Magno? La respuesta está en estas páginas. Y es más incómoda, más humana y más apasionante de lo que el mito ha permitido ver.

Alejandro Magno | Muy Historia Ed. Coleccionista Digital nº 89

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El hombre que quiso ser un dios.
Pocas figuras históricas han quedado tan sepultadas bajo su propia leyenda como Alejandro Magno. Durante más de dos mil años ha sido héroe, dios, conquistador, visionario, tirano, libertador o simple aventurero, según quien contara su historia. Pero detrás del mito existió un personaje mucho más fascinante, un rey macedonio que, en apenas una década, cambió para siempre el rumbo del mundo antiguo. Alejandro murió a los treinta y dos años sin haber perdido una sola batalla, pero también sin haber descifrado cómo gobernar lo que había conquistado, sin haber elegido un sucesor y sin haber decidido si era un dios o un hombre. Cuando sus generales le preguntaron a quién dejaba el Imperio, respondió —o eso dice la tradición— con tres palabras: «al más digno». En menos de quince años, su familia había sido exterminada y su imperio repartido a golpe de espada entre quienes habían combatido a su lado. Detrás del conquistador que cruzó el Helesponto a los veintidós años hubo un adolescente que dormía con la Ilíada bajo la almohada, un alumno de Aristóteles que ordenó ejecutar a su sobrino, un rey que lloró días enteros sobre el cadáver de su mejor amigo y que lanzó una campaña de exterminio como ofrenda a su memoria. Un hombre que fundó más de veinte ciudades y destruyó otras tantas, que trató a la madre de su enemigo como a su propia madre y que atravesó con una lanza al compañero que le había salvado la vida. Este es un recorrido desde el mundo roto que hizo posible su gesta—las poleis griegas devoradas por sus propias contradicciones, el Imperio persa agrietado por dentro— hasta el mundo que él mismo dejó al morir: fragmentado y en guerra, pero impregna do de una lengua, una cultura y una forma de entender el poder que llegaría hasta hoy. Y, también, por sus campañas militares, el funcionamiento secreto de su corte, el papel de las mujeres que lo marcaron, su obsesión por la divinidad, el enigma de su muerte y la pregunta que dos mil trescientos años de historia no han logrado cerrar: ¿quién fue realmente Alejandro Magno? La respuesta está en estas páginas. Y es más incómoda, más humana y más apasionante de lo que el mito ha permitido ver.

El hombre que quiso ser un dios.
Pocas figuras históricas han quedado tan sepultadas bajo su propia leyenda como Alejandro Magno. Durante más de dos mil años ha sido héroe, dios, conquistador, visionario, tirano, libertador o simple aventurero, según quien contara su historia. Pero detrás del mito existió un personaje mucho más fascinante, un rey macedonio que, en apenas una década, cambió para siempre el rumbo del mundo antiguo. Alejandro murió a los treinta y dos años sin haber perdido una sola batalla, pero también sin haber descifrado cómo gobernar lo que había conquistado, sin haber elegido un sucesor y sin haber decidido si era un dios o un hombre. Cuando sus generales le preguntaron a quién dejaba el Imperio, respondió —o eso dice la tradición— con tres palabras: «al más digno». En menos de quince años, su familia había sido exterminada y su imperio repartido a golpe de espada entre quienes habían combatido a su lado. Detrás del conquistador que cruzó el Helesponto a los veintidós años hubo un adolescente que dormía con la Ilíada bajo la almohada, un alumno de Aristóteles que ordenó ejecutar a su sobrino, un rey que lloró días enteros sobre el cadáver de su mejor amigo y que lanzó una campaña de exterminio como ofrenda a su memoria. Un hombre que fundó más de veinte ciudades y destruyó otras tantas, que trató a la madre de su enemigo como a su propia madre y que atravesó con una lanza al compañero que le había salvado la vida. Este es un recorrido desde el mundo roto que hizo posible su gesta—las poleis griegas devoradas por sus propias contradicciones, el Imperio persa agrietado por dentro— hasta el mundo que él mismo dejó al morir: fragmentado y en guerra, pero impregna do de una lengua, una cultura y una forma de entender el poder que llegaría hasta hoy. Y, también, por sus campañas militares, el funcionamiento secreto de su corte, el papel de las mujeres que lo marcaron, su obsesión por la divinidad, el enigma de su muerte y la pregunta que dos mil trescientos años de historia no han logrado cerrar: ¿quién fue realmente Alejandro Magno? La respuesta está en estas páginas. Y es más incómoda, más humana y más apasionante de lo que el mito ha permitido ver.