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Augusto | Muy Historia nº 196 junio de 2026

4,99 

Hay existencias

IRRESISTIBLE PODER.
Dos mil años después, su nombre sigue en pie: Augusto. El sobrino nieto de César al que nadie tomó en serio cuando era joven, terminó rediseñando el mundo conocido con una habilidad política que aún hoy desafía cualquier análisis. Cayo Octavio llegó al poder entre las ruinas de una república agonizante y, con una combinación de astucia, paciencia y visión estratégica pocas veces igualada, construyó un imperio que duraría siglos. No se proclamó rey —esa palabra era veneno en Roma— pero gobernó durante cuatro décadas con un poder absoluto envuelto en formas republicanas. El legado de este maestro del eufemismo institucional, del poder que se ejerce sin nombrarse, no murió con él: lo heredaron todos los que, siglos después, quisieron llamarse emperadores. Y, precisamente, resulta tan inevitable como revelador hallar un paralelismo entre estos emperadores romanos y esos otros del siglo xix —ambiciosos, contradictorios, hijos de una época convulsa— que fueron protagonistas de un poder que se conquistó, se perdió y se pagó con sangre. Como se pagó desde las trincheras de la Gran Guerra, conflicto que nos recuerda que la tecnología nunca ha sido neutral: siempre sirve primero a la muerte. Pero, además, desde estas páginas vemos cómo la figura de Margarita de Austria emergía como la gran arquitecta en la sombra de la elección imperial de su sobrino Carlos V; las independencias americanas trazaban el mapa de un mundo que rompía amarras con Europa; los megalitos siguen interpelándonos desde su silencio milenario; los mitos falsos de la Antigüedad caen bajo el escalpelo historiográfico; y la ocupación inglesa de Lisboa (1807) revelaba las costuras de una alianza incómoda. Y no podemos olvidarnos de Gaudí, cuyo centenario nos recuerda que el genio también es mortal, aunque su obra no lo sea. Feliz lectura.

Augusto | Muy Historia nº 196 junio de 2026

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IRRESISTIBLE PODER.
Dos mil años después, su nombre sigue en pie: Augusto. El sobrino nieto de César al que nadie tomó en serio cuando era joven, terminó rediseñando el mundo conocido con una habilidad política que aún hoy desafía cualquier análisis. Cayo Octavio llegó al poder entre las ruinas de una república agonizante y, con una combinación de astucia, paciencia y visión estratégica pocas veces igualada, construyó un imperio que duraría siglos. No se proclamó rey —esa palabra era veneno en Roma— pero gobernó durante cuatro décadas con un poder absoluto envuelto en formas republicanas. El legado de este maestro del eufemismo institucional, del poder que se ejerce sin nombrarse, no murió con él: lo heredaron todos los que, siglos después, quisieron llamarse emperadores. Y, precisamente, resulta tan inevitable como revelador hallar un paralelismo entre estos emperadores romanos y esos otros del siglo xix —ambiciosos, contradictorios, hijos de una época convulsa— que fueron protagonistas de un poder que se conquistó, se perdió y se pagó con sangre. Como se pagó desde las trincheras de la Gran Guerra, conflicto que nos recuerda que la tecnología nunca ha sido neutral: siempre sirve primero a la muerte. Pero, además, desde estas páginas vemos cómo la figura de Margarita de Austria emergía como la gran arquitecta en la sombra de la elección imperial de su sobrino Carlos V; las independencias americanas trazaban el mapa de un mundo que rompía amarras con Europa; los megalitos siguen interpelándonos desde su silencio milenario; los mitos falsos de la Antigüedad caen bajo el escalpelo historiográfico; y la ocupación inglesa de Lisboa (1807) revelaba las costuras de una alianza incómoda. Y no podemos olvidarnos de Gaudí, cuyo centenario nos recuerda que el genio también es mortal, aunque su obra no lo sea. Feliz lectura.

IRRESISTIBLE PODER.
Dos mil años después, su nombre sigue en pie: Augusto. El sobrino nieto de César al que nadie tomó en serio cuando era joven, terminó rediseñando el mundo conocido con una habilidad política que aún hoy desafía cualquier análisis. Cayo Octavio llegó al poder entre las ruinas de una república agonizante y, con una combinación de astucia, paciencia y visión estratégica pocas veces igualada, construyó un imperio que duraría siglos. No se proclamó rey —esa palabra era veneno en Roma— pero gobernó durante cuatro décadas con un poder absoluto envuelto en formas republicanas. El legado de este maestro del eufemismo institucional, del poder que se ejerce sin nombrarse, no murió con él: lo heredaron todos los que, siglos después, quisieron llamarse emperadores. Y, precisamente, resulta tan inevitable como revelador hallar un paralelismo entre estos emperadores romanos y esos otros del siglo xix —ambiciosos, contradictorios, hijos de una época convulsa— que fueron protagonistas de un poder que se conquistó, se perdió y se pagó con sangre. Como se pagó desde las trincheras de la Gran Guerra, conflicto que nos recuerda que la tecnología nunca ha sido neutral: siempre sirve primero a la muerte. Pero, además, desde estas páginas vemos cómo la figura de Margarita de Austria emergía como la gran arquitecta en la sombra de la elección imperial de su sobrino Carlos V; las independencias americanas trazaban el mapa de un mundo que rompía amarras con Europa; los megalitos siguen interpelándonos desde su silencio milenario; los mitos falsos de la Antigüedad caen bajo el escalpelo historiográfico; y la ocupación inglesa de Lisboa (1807) revelaba las costuras de una alianza incómoda. Y no podemos olvidarnos de Gaudí, cuyo centenario nos recuerda que el genio también es mortal, aunque su obra no lo sea. Feliz lectura.