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Carlos V | Muy Historia Ed. Coleccionista Digital nº 82

7,50 

Emperador, rey y César.
Gante fue el escenario que vio nacer en 1500 a un príncipe destinado a reinar sobre cuatro mundos. De Borgoña heredó el gusto por la ceremonia y la diplomacia; del Sacro Imperio Germánico, la conciencia de una estirpe milenaria; de Castilla, la energía de la monarquía centralizada, y de Aragón, el respeto por las instituciones pactistas. En esta revista buscamos su origen para entender cómo se forma su Imperio a través de una suma de herencias que lo convirtieron en uno de los soberanos más poderosos de la historia. A los diecinueve años fue proclamado rey y, poco después, emperador del Sacro Imperio Romano. Además de un tesoro, su inmenso imperio era también un laberinto. La pluralidad de reinos, leyes y lenguas obligó a Carlos a ser viajero y mediador antes que soberano, en busca de un equilibrio imposible entre fe, poder y política. Era demasiado borgoñón para los castellanos, demasiado español para los flamencos y demasiado piadoso para los príncipes alemanes. Su ideal era el de una res publica cristiana que uniera la cristiandad frente a la herejía, el islam y el desorden político, pero aquel sueño halló pronto sus enemigos: Francisco I de Francia, el turco Solimán, los reformadores alemanes, incluso sus propios súbditos. Y todo, mientras la conquista de América lo convirtió en el primer monarca global: un emperador entre el viejo orden medieval y la modernidad que despuntaba. Su abdicación en 1556 no fue derrota, sino aceptación de una realidad: quiso gobernar el orbe entero y acabó topándose con los límites humanos del poder. Dejó a sus sucesores el peso de una herencia inmensa y un ideal imposible, el de un Imperio donde nunca se pusiera el Sol.

Carlos V | Muy Historia Ed. Coleccionista Digital nº 82

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Emperador, rey y César.
Gante fue el escenario que vio nacer en 1500 a un príncipe destinado a reinar sobre cuatro mundos. De Borgoña heredó el gusto por la ceremonia y la diplomacia; del Sacro Imperio Germánico, la conciencia de una estirpe milenaria; de Castilla, la energía de la monarquía centralizada, y de Aragón, el respeto por las instituciones pactistas. En esta revista buscamos su origen para entender cómo se forma su Imperio a través de una suma de herencias que lo convirtieron en uno de los soberanos más poderosos de la historia. A los diecinueve años fue proclamado rey y, poco después, emperador del Sacro Imperio Romano. Además de un tesoro, su inmenso imperio era también un laberinto. La pluralidad de reinos, leyes y lenguas obligó a Carlos a ser viajero y mediador antes que soberano, en busca de un equilibrio imposible entre fe, poder y política. Era demasiado borgoñón para los castellanos, demasiado español para los flamencos y demasiado piadoso para los príncipes alemanes. Su ideal era el de una res publica cristiana que uniera la cristiandad frente a la herejía, el islam y el desorden político, pero aquel sueño halló pronto sus enemigos: Francisco I de Francia, el turco Solimán, los reformadores alemanes, incluso sus propios súbditos. Y todo, mientras la conquista de América lo convirtió en el primer monarca global: un emperador entre el viejo orden medieval y la modernidad que despuntaba. Su abdicación en 1556 no fue derrota, sino aceptación de una realidad: quiso gobernar el orbe entero y acabó topándose con los límites humanos del poder. Dejó a sus sucesores el peso de una herencia inmensa y un ideal imposible, el de un Imperio donde nunca se pusiera el Sol.

Emperador, rey y César.
Gante fue el escenario que vio nacer en 1500 a un príncipe destinado a reinar sobre cuatro mundos. De Borgoña heredó el gusto por la ceremonia y la diplomacia; del Sacro Imperio Germánico, la conciencia de una estirpe milenaria; de Castilla, la energía de la monarquía centralizada, y de Aragón, el respeto por las instituciones pactistas. En esta revista buscamos su origen para entender cómo se forma su Imperio a través de una suma de herencias que lo convirtieron en uno de los soberanos más poderosos de la historia. A los diecinueve años fue proclamado rey y, poco después, emperador del Sacro Imperio Romano. Además de un tesoro, su inmenso imperio era también un laberinto. La pluralidad de reinos, leyes y lenguas obligó a Carlos a ser viajero y mediador antes que soberano, en busca de un equilibrio imposible entre fe, poder y política. Era demasiado borgoñón para los castellanos, demasiado español para los flamencos y demasiado piadoso para los príncipes alemanes. Su ideal era el de una res publica cristiana que uniera la cristiandad frente a la herejía, el islam y el desorden político, pero aquel sueño halló pronto sus enemigos: Francisco I de Francia, el turco Solimán, los reformadores alemanes, incluso sus propios súbditos. Y todo, mientras la conquista de América lo convirtió en el primer monarca global: un emperador entre el viejo orden medieval y la modernidad que despuntaba. Su abdicación en 1556 no fue derrota, sino aceptación de una realidad: quiso gobernar el orbe entero y acabó topándose con los límites humanos del poder. Dejó a sus sucesores el peso de una herencia inmensa y un ideal imposible, el de un Imperio donde nunca se pusiera el Sol.