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Curiosidades de la Evolución | Muy Interesante Digital Ed. Coleccionista nº 81

7,49 €

Nada es casual.
La evolución está llena de aparentes contradicciones. Dormimos durante horas aunque eso nos deje indefensos; una planta fabrica cafeína para protegerse de los herbívoros y nosotros hemos convertido esa sustancia en una de las drogas más consumidas del planeta; una mofeta ahuyenta a sus enemigos con un olor capaz de activar en nuestro cerebro una poderosa señal de rechazo… Detrás de cada una de estas rarezas hay una explicación, y seguir su pista permite entender cómo trabaja realmente la selección natural. Cada vez parece claro que entender la evolución no consiste solo en reconstruir grandes árboles genealógicos, sino en mirar de cerca sus rarezas, sus atajos y sus aparentes contradicciones. La selección natural no persigue la perfección: trabaja con lo que tiene, conserva lo que funciona suficientemente bien y transforma viejas soluciones para resolver problemas nuevos. De ahí surgen adaptaciones sorprendentes, desde defensas químicas capaces de provocar rechazo a distancia hasta cerebros que necesitan desconectarse cada noche para seguir funcionando. También nosotros somos producto de esa historia. Nuestra longevidad, la menopausia y el papel de las abuelas pudieron influir en el éxito del Homo sapiens; nuestra convivencia con otros animales cambió a lobos y ratas y, al hacerlo, también modificó nuestra relación con ellos; incluso aquello que hoy resulta cotidiano —tomar café, dormir, acariciar a un perro— es fruto de millones de años de ensayo y error. Quizá ahí resida lo más fascinante de la evolución, que no construyó un mundo perfecto, sino uno extraordinariamente ingenioso. Y que, cuando seguimos el rastro de sus pequeñas extravagancias, acabamos encontrando respuestas sobre los animales, las plantas y, sobre todo, sobre nosotros mismos. Nada fue planeado de antemano, pero casi todo encierra una historia que merece contarse.

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La evolución está llena de aparentes contradicciones. Dormimos durante horas aunque eso nos deje indefensos; una planta fabrica cafeína para protegerse de los herbívoros y nosotros hemos convertido esa sustancia en una de las drogas más consumidas del planeta; una mofeta ahuyenta a sus enemigos con un olor capaz de activar en nuestro cerebro una poderosa señal de rechazo… Detrás de cada una de estas rarezas hay una explicación, y seguir su pista permite entender cómo trabaja realmente la selección natural. Cada vez parece claro que entender la evolución no consiste solo en reconstruir grandes árboles genealógicos, sino en mirar de cerca sus rarezas, sus atajos y sus aparentes contradicciones. La selección natural no persigue la perfección: trabaja con lo que tiene, conserva lo que funciona suficientemente bien y transforma viejas soluciones para resolver problemas nuevos. De ahí surgen adaptaciones sorprendentes, desde defensas químicas capaces de provocar rechazo a distancia hasta cerebros que necesitan desconectarse cada noche para seguir funcionando. También nosotros somos producto de esa historia. Nuestra longevidad, la menopausia y el papel de las abuelas pudieron influir en el éxito del Homo sapiens; nuestra convivencia con otros animales cambió a lobos y ratas y, al hacerlo, también modificó nuestra relación con ellos; incluso aquello que hoy resulta cotidiano —tomar café, dormir, acariciar a un perro— es fruto de millones de años de ensayo y error. Quizá ahí resida lo más fascinante de la evolución, que no construyó un mundo perfecto, sino uno extraordinariamente ingenioso. Y que, cuando seguimos el rastro de sus pequeñas extravagancias, acabamos encontrando respuestas sobre los animales, las plantas y, sobre todo, sobre nosotros mismos. Nada fue planeado de antemano, pero casi todo encierra una historia que merece contarse.

Nada es casual.
La evolución está llena de aparentes contradicciones. Dormimos durante horas aunque eso nos deje indefensos; una planta fabrica cafeína para protegerse de los herbívoros y nosotros hemos convertido esa sustancia en una de las drogas más consumidas del planeta; una mofeta ahuyenta a sus enemigos con un olor capaz de activar en nuestro cerebro una poderosa señal de rechazo… Detrás de cada una de estas rarezas hay una explicación, y seguir su pista permite entender cómo trabaja realmente la selección natural. Cada vez parece claro que entender la evolución no consiste solo en reconstruir grandes árboles genealógicos, sino en mirar de cerca sus rarezas, sus atajos y sus aparentes contradicciones. La selección natural no persigue la perfección: trabaja con lo que tiene, conserva lo que funciona suficientemente bien y transforma viejas soluciones para resolver problemas nuevos. De ahí surgen adaptaciones sorprendentes, desde defensas químicas capaces de provocar rechazo a distancia hasta cerebros que necesitan desconectarse cada noche para seguir funcionando. También nosotros somos producto de esa historia. Nuestra longevidad, la menopausia y el papel de las abuelas pudieron influir en el éxito del Homo sapiens; nuestra convivencia con otros animales cambió a lobos y ratas y, al hacerlo, también modificó nuestra relación con ellos; incluso aquello que hoy resulta cotidiano —tomar café, dormir, acariciar a un perro— es fruto de millones de años de ensayo y error. Quizá ahí resida lo más fascinante de la evolución, que no construyó un mundo perfecto, sino uno extraordinariamente ingenioso. Y que, cuando seguimos el rastro de sus pequeñas extravagancias, acabamos encontrando respuestas sobre los animales, las plantas y, sobre todo, sobre nosotros mismos. Nada fue planeado de antemano, pero casi todo encierra una historia que merece contarse.