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El Camino de Santiago | Muy Historia Ed. Coleccionista nº 79

9,99 €

Hay existencias

«¡Ultreia, suseia, Santiago!».
En una Europa poscarolingia que buscaba cohesión frente al avance islámico, el hallazgo del supuesto sepulcro del apóstol Santiago en el extremo occidental de la península ibérica ofreció algo más que un foco de devoción: proporcionó un eje simbólico capaz de articular reinos fragmentados y proyectar una identidad cristiana compartida. Santiago pasó de apóstol a figura guerrera convertida en «azote de infieles» y a su sombra comenzaba a dibujarse una red de caminos que cambiaría la historia de Europa. De la mano de grandes expertos recorremos esa transformación en todas sus dimensiones: el Camino Primitivo y el impulso de la monarquía asturleonesa, el Camino Francés, autopista medieval de fe, comercio y arte, el Camino del Norte y el Aragonés, la Vía de la Plata, el itinerario portugués, el llamado Camino Inglés, que conectó las islas británicas con Galicia, y los otros caminos peninsulares que
tejieron una geografía espiritual diversa. Y, por supuesto, cerramos el recorrido en Compostela, ante la catedral que ha sido meta, símbolo y escenario de peregrinación durante más de mil años. Estas rutas no solo condujeron peregrinos, sino que impulsaron la expansión del románico, levantaron hospitales y puentes, dinamizaron mercados y favorecieron un intercambio cultural sin precedentes. En la plenitud de la Baja Edad Media, el saludo «¡Ultreia, suseia, Santiago!» (más allá y más alto, hasta Santiago) resonaba como contraseña de pertenencia a una comunidad más amplia que cualquier reino.

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«¡Ultreia, suseia, Santiago!».
En una Europa poscarolingia que buscaba cohesión frente al avance islámico, el hallazgo del supuesto sepulcro del apóstol Santiago en el extremo occidental de la península ibérica ofreció algo más que un foco de devoción: proporcionó un eje simbólico capaz de articular reinos fragmentados y proyectar una identidad cristiana compartida. Santiago pasó de apóstol a figura guerrera convertida en «azote de infieles» y a su sombra comenzaba a dibujarse una red de caminos que cambiaría la historia de Europa. De la mano de grandes expertos recorremos esa transformación en todas sus dimensiones: el Camino Primitivo y el impulso de la monarquía asturleonesa, el Camino Francés, autopista medieval de fe, comercio y arte, el Camino del Norte y el Aragonés, la Vía de la Plata, el itinerario portugués, el llamado Camino Inglés, que conectó las islas británicas con Galicia, y los otros caminos peninsulares que
tejieron una geografía espiritual diversa. Y, por supuesto, cerramos el recorrido en Compostela, ante la catedral que ha sido meta, símbolo y escenario de peregrinación durante más de mil años. Estas rutas no solo condujeron peregrinos, sino que impulsaron la expansión del románico, levantaron hospitales y puentes, dinamizaron mercados y favorecieron un intercambio cultural sin precedentes. En la plenitud de la Baja Edad Media, el saludo «¡Ultreia, suseia, Santiago!» (más allá y más alto, hasta Santiago) resonaba como contraseña de pertenencia a una comunidad más amplia que cualquier reino.

«¡Ultreia, suseia, Santiago!».
En una Europa poscarolingia que buscaba cohesión frente al avance islámico, el hallazgo del supuesto sepulcro del apóstol Santiago en el extremo occidental de la península ibérica ofreció algo más que un foco de devoción: proporcionó un eje simbólico capaz de articular reinos fragmentados y proyectar una identidad cristiana compartida. Santiago pasó de apóstol a figura guerrera convertida en «azote de infieles» y a su sombra comenzaba a dibujarse una red de caminos que cambiaría la historia de Europa. De la mano de grandes expertos recorremos esa transformación en todas sus dimensiones: el Camino Primitivo y el impulso de la monarquía asturleonesa, el Camino Francés, autopista medieval de fe, comercio y arte, el Camino del Norte y el Aragonés, la Vía de la Plata, el itinerario portugués, el llamado Camino Inglés, que conectó las islas británicas con Galicia, y los otros caminos peninsulares que
tejieron una geografía espiritual diversa. Y, por supuesto, cerramos el recorrido en Compostela, ante la catedral que ha sido meta, símbolo y escenario de peregrinación durante más de mil años. Estas rutas no solo condujeron peregrinos, sino que impulsaron la expansión del románico, levantaron hospitales y puentes, dinamizaron mercados y favorecieron un intercambio cultural sin precedentes. En la plenitud de la Baja Edad Media, el saludo «¡Ultreia, suseia, Santiago!» (más allá y más alto, hasta Santiago) resonaba como contraseña de pertenencia a una comunidad más amplia que cualquier reino.