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La conquista de Hispania | Muy Historia Ed. Coleccionista Digital nº 91

7,50 

España antes de España.
Hispania, como realidad histórica, no existía antes de Roma. No era una nación, ni un territorio unido, ni una entidad política. Era un mosaico diverso de pueblos, ciudades, lenguas y culturas, abierto desde siglos atrás a las rutas del Mediterráneo y del Atlántico. Fenicios y griegos llegaron atraídos por sus metales y dejaron mucho más que mercancías: nuevas formas de poblamiento, cultos, técnicas, escrituras y relatos. En aquellos confines del mundo conocido situaron también sus mitos. Roma llegó después, en el contexto de su guerra contra Cartago, y acabó quedándose. Lo que comenzó como una operación militar para privar a Aníbal de recursos se transformó en una conquista que duró dos siglos. No fue un avance continuo ni inevitable, sino una sucesión de pactos, rebeliones, campañas y resistencias. Iberos, celtíberos, lusitanos, vacceos, vettones, galaicos, astures o cántabros nunca formaron un frente común. Cada comunidad defendió sus propios intereses, unas veces combatiendo a Roma y otras negociando o colaborando con ella. La conquista fue brutal, cierto, pero la historia de Hispania no puede reducirse a vencedores y vencidos. Bajo el dominio romano, aquel territorio fragmentado quedó conectado por ciudades, calzadas, leyes, instituciones y una lengua compartida, sin que desaparecieran por completo las identidades anteriores. Se convirtió en una de las regiones más integradas del Imperio, cuna de emperadores, pensadores y obispos, hasta que la propia Roma comenzó a deshacerse. Nadie mejor que Santiago Castellanos, Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de León, para guiarnos por una Hispania que fue el resultado de contactos, conflictos y mezclas; una construcción histórica lenta, compleja y decisiva, cuyas huellas siguen formando parte de nuestro paisaje, nuestra lengua y nuestra memoria.

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España antes de España.
Hispania, como realidad histórica, no existía antes de Roma. No era una nación, ni un territorio unido, ni una entidad política. Era un mosaico diverso de pueblos, ciudades, lenguas y culturas, abierto desde siglos atrás a las rutas del Mediterráneo y del Atlántico. Fenicios y griegos llegaron atraídos por sus metales y dejaron mucho más que mercancías: nuevas formas de poblamiento, cultos, técnicas, escrituras y relatos. En aquellos confines del mundo conocido situaron también sus mitos. Roma llegó después, en el contexto de su guerra contra Cartago, y acabó quedándose. Lo que comenzó como una operación militar para privar a Aníbal de recursos se transformó en una conquista que duró dos siglos. No fue un avance continuo ni inevitable, sino una sucesión de pactos, rebeliones, campañas y resistencias. Iberos, celtíberos, lusitanos, vacceos, vettones, galaicos, astures o cántabros nunca formaron un frente común. Cada comunidad defendió sus propios intereses, unas veces combatiendo a Roma y otras negociando o colaborando con ella. La conquista fue brutal, cierto, pero la historia de Hispania no puede reducirse a vencedores y vencidos. Bajo el dominio romano, aquel territorio fragmentado quedó conectado por ciudades, calzadas, leyes, instituciones y una lengua compartida, sin que desaparecieran por completo las identidades anteriores. Se convirtió en una de las regiones más integradas del Imperio, cuna de emperadores, pensadores y obispos, hasta que la propia Roma comenzó a deshacerse. Nadie mejor que Santiago Castellanos, Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de León, para guiarnos por una Hispania que fue el resultado de contactos, conflictos y mezclas; una construcción histórica lenta, compleja y decisiva, cuyas huellas siguen formando parte de nuestro paisaje, nuestra lengua y nuestra memoria.

España antes de España.
Hispania, como realidad histórica, no existía antes de Roma. No era una nación, ni un territorio unido, ni una entidad política. Era un mosaico diverso de pueblos, ciudades, lenguas y culturas, abierto desde siglos atrás a las rutas del Mediterráneo y del Atlántico. Fenicios y griegos llegaron atraídos por sus metales y dejaron mucho más que mercancías: nuevas formas de poblamiento, cultos, técnicas, escrituras y relatos. En aquellos confines del mundo conocido situaron también sus mitos. Roma llegó después, en el contexto de su guerra contra Cartago, y acabó quedándose. Lo que comenzó como una operación militar para privar a Aníbal de recursos se transformó en una conquista que duró dos siglos. No fue un avance continuo ni inevitable, sino una sucesión de pactos, rebeliones, campañas y resistencias. Iberos, celtíberos, lusitanos, vacceos, vettones, galaicos, astures o cántabros nunca formaron un frente común. Cada comunidad defendió sus propios intereses, unas veces combatiendo a Roma y otras negociando o colaborando con ella. La conquista fue brutal, cierto, pero la historia de Hispania no puede reducirse a vencedores y vencidos. Bajo el dominio romano, aquel territorio fragmentado quedó conectado por ciudades, calzadas, leyes, instituciones y una lengua compartida, sin que desaparecieran por completo las identidades anteriores. Se convirtió en una de las regiones más integradas del Imperio, cuna de emperadores, pensadores y obispos, hasta que la propia Roma comenzó a deshacerse. Nadie mejor que Santiago Castellanos, Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de León, para guiarnos por una Hispania que fue el resultado de contactos, conflictos y mezclas; una construcción histórica lenta, compleja y decisiva, cuyas huellas siguen formando parte de nuestro paisaje, nuestra lengua y nuestra memoria.