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La Dolce Vita | Marie Claire Digital nº 436 marzo 2024

2,99 

El de marzo es uno de los números más importantes en lo que a la moda se refiere. El cambio de la temporada no debería ser un sufrimiento, sino algo divertido, así que sabía que necesitábamos a un personaje muy especial para la portada. Después de sólo cinco segundos supe que tenía que ser Lorena Durán porque no conozco a otra persona que sepa disfrutar tanto de la moda y que rompa, de verdad, moldes en el sector. “A todos aquellos que no creyeron en mí les diría que me han ayudado mucho para ser más fuerte, seguir luchando y tener constancia”, cuenta en la entrevista. Me acordé de que el año pasado me contó que antes le importaba mucho lo que los demás opinaban de ella. Enseguida pensé en la que fue mi primera incursión en el periodismo de moda. Fue como una entrada VIP a una fiesta sin champagne. El salario era tan “sustancioso” que casi tenía que pedir prestado para comprar chicles en la tienda de la esquina. ¿Días libres? Eso sonaba tan antiguo como las máquinas de escribir. Mis horas extras parecían multiplicarse más rápido que las ideas creativas en las reuniones de brainstorming. Y para llegar a la oficina, ahí estaba ella: la cuesta que desafiaba las leyes de la física y mis – escasas– habilidades atléticas. Pero mi entusiasmo por trabajar en el apasionante mundo de la moda se desbordaba, hasta el día en el que llegó a la redacción un aluvión de prendas de alta costura para una sesión de fotos. Me quedé mirando los bultos atónica y mi mente empezó a divagar hasta que una de mis compañeras, con toda su amabilidad y empatía, me sugirió con dulzura que quizás debería limitarme a mirar sólo los Manolos. Claro, porque el hecho de que mi talla (una 38, por cierto) no coincidiera con la delgadez extrema que veneran en el universo de la moda significaba que no debería ni siquiera admirar desde la distancia la ropa que, según ella, estaba reservada para las almas más esbeltas. Eso sí, puede que con este desafortunado comentario empezara mi obsesión por los zapatos. Después de esta frase inapropiada llegó otra, incluso más fuera de lugar: “La verdad es que no creo que encuentres trabajo en el sector”. Hoy en día no tardaría ni un segundo en contestarle, pero en aquel momento sólo la miré con lágrimas en los ojos, a lo que contestó con la estúpida argumentación “yo es que soy muy sincera”, como mantra para explicar su impertinencia. Hoy sé que eso de escudarse en la virtud de la franqueza para justificar críticas negativas (no solicitadas) es un comportamiento muy extendido. “Este vestido te sienta bien, no te hace tan gorda”, me dijo hace no tanto otra persona a la que nadie pidió su opinión. Los comentarios desafortunados ya no me molestan porque, con el paso de los años, entendí que la moda debería ser como una pista de baile: un lugar para soltarse el pelo, divertirse y dejar que tu estilo y tu personalidad sean las estrellas del espectáculo, sea cual sea tu talla o tu edad.

La Dolce Vita | Marie Claire Digital nº 436 marzo 2024

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El de marzo es uno de los números más importantes en lo que a la moda se refiere. El cambio de la temporada no debería ser un sufrimiento, sino algo divertido, así que sabía que necesitábamos a un personaje muy especial para la portada. Después de sólo cinco segundos supe que tenía que ser Lorena Durán porque no conozco a otra persona que sepa disfrutar tanto de la moda y que rompa, de verdad, moldes en el sector. “A todos aquellos que no creyeron en mí les diría que me han ayudado mucho para ser más fuerte, seguir luchando y tener constancia”, cuenta en la entrevista. Me acordé de que el año pasado me contó que antes le importaba mucho lo que los demás opinaban de ella. Enseguida pensé en la que fue mi primera incursión en el periodismo de moda. Fue como una entrada VIP a una fiesta sin champagne. El salario era tan “sustancioso” que casi tenía que pedir prestado para comprar chicles en la tienda de la esquina. ¿Días libres? Eso sonaba tan antiguo como las máquinas de escribir. Mis horas extras parecían multiplicarse más rápido que las ideas creativas en las reuniones de brainstorming. Y para llegar a la oficina, ahí estaba ella: la cuesta que desafiaba las leyes de la física y mis – escasas– habilidades atléticas. Pero mi entusiasmo por trabajar en el apasionante mundo de la moda se desbordaba, hasta el día en el que llegó a la redacción un aluvión de prendas de alta costura para una sesión de fotos. Me quedé mirando los bultos atónica y mi mente empezó a divagar hasta que una de mis compañeras, con toda su amabilidad y empatía, me sugirió con dulzura que quizás debería limitarme a mirar sólo los Manolos. Claro, porque el hecho de que mi talla (una 38, por cierto) no coincidiera con la delgadez extrema que veneran en el universo de la moda significaba que no debería ni siquiera admirar desde la distancia la ropa que, según ella, estaba reservada para las almas más esbeltas. Eso sí, puede que con este desafortunado comentario empezara mi obsesión por los zapatos. Después de esta frase inapropiada llegó otra, incluso más fuera de lugar: “La verdad es que no creo que encuentres trabajo en el sector”. Hoy en día no tardaría ni un segundo en contestarle, pero en aquel momento sólo la miré con lágrimas en los ojos, a lo que contestó con la estúpida argumentación “yo es que soy muy sincera”, como mantra para explicar su impertinencia. Hoy sé que eso de escudarse en la virtud de la franqueza para justificar críticas negativas (no solicitadas) es un comportamiento muy extendido. “Este vestido te sienta bien, no te hace tan gorda”, me dijo hace no tanto otra persona a la que nadie pidió su opinión. Los comentarios desafortunados ya no me molestan porque, con el paso de los años, entendí que la moda debería ser como una pista de baile: un lugar para soltarse el pelo, divertirse y dejar que tu estilo y tu personalidad sean las estrellas del espectáculo, sea cual sea tu talla o tu edad.