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La medicina de la felicidad | Marie Claire Ed. Coleccionista nº 6

9,99 

Hay existencias

Desde muy pequeñita sentí pasión por los viajes y la ciencia. El primer libro que sostuve entre mis manos, con apenas cinco añitos, se titulaba Tintín en el Templo de Sol. Recuerdo nítidamente el día que mi padre me lo regaló, y a mí misma pasando sus hojas despacito, mirando aquellos dibujos. Aún no sabía leer, pero acompañaba con mi imaginación los pasos de aquel perrito blanco lanudo, el chaval con cresta rubia y el señor con gorra que siempre tenía cara de mal genio. Luego vino El Asunto Tornasol, Los cigarros del Faraón… ¡Todos! Me convertí en una fan absoluta de Tintín, Milú y el capitán Haddock. No solo de ellos. Cientos de imágenes de otros libros se convirtieron también en promesas de futuro: manadas de cebras y ñúes en la sabana africana con el Kilimanjaro al fondo, estampas fascinantes de amebas y protozoos, el mapa intrincado de la geografía celular o las pirámides egipcias. Todo me fascinaba.
Estudiar Medicina y convertirme en una viajera empedernida fueron la continuación lógica de aquellas dos pasiones tempranas. El 25 de junio de 1981 recogí la última papeleta de la carrera, la que acreditaba la conclusión de mis estudios de Medicina. Acababa de comenzar el verano, hacía un día precioso. Recuerdo que recorrí los 12 kilómetros que había entre la Complutense y la casa de mis padres en Orcasitas, un modesto barrio del sur de Madrid, repitiéndome en voz alta y en todos los tonos imaginables tres palabras que me sabían a gloria: «Doctora Paloma Fuentes. Doctora Paloma Fuentes. Doctora Paloma Fuentes…».

La medicina de la felicidad | Marie Claire Ed. Coleccionista nº 6

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Desde muy pequeñita sentí pasión por los viajes y la ciencia. El primer libro que sostuve entre mis manos, con apenas cinco añitos, se titulaba Tintín en el Templo de Sol. Recuerdo nítidamente el día que mi padre me lo regaló, y a mí misma pasando sus hojas despacito, mirando aquellos dibujos. Aún no sabía leer, pero acompañaba con mi imaginación los pasos de aquel perrito blanco lanudo, el chaval con cresta rubia y el señor con gorra que siempre tenía cara de mal genio. Luego vino El Asunto Tornasol, Los cigarros del Faraón… ¡Todos! Me convertí en una fan absoluta de Tintín, Milú y el capitán Haddock. No solo de ellos. Cientos de imágenes de otros libros se convirtieron también en promesas de futuro: manadas de cebras y ñúes en la sabana africana con el Kilimanjaro al fondo, estampas fascinantes de amebas y protozoos, el mapa intrincado de la geografía celular o las pirámides egipcias. Todo me fascinaba.
Estudiar Medicina y convertirme en una viajera empedernida fueron la continuación lógica de aquellas dos pasiones tempranas. El 25 de junio de 1981 recogí la última papeleta de la carrera, la que acreditaba la conclusión de mis estudios de Medicina. Acababa de comenzar el verano, hacía un día precioso. Recuerdo que recorrí los 12 kilómetros que había entre la Complutense y la casa de mis padres en Orcasitas, un modesto barrio del sur de Madrid, repitiéndome en voz alta y en todos los tonos imaginables tres palabras que me sabían a gloria: «Doctora Paloma Fuentes. Doctora Paloma Fuentes. Doctora Paloma Fuentes…».