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Más de 50 Ideas para vestir bien en el trabajo | Marie Claire nº 467 octubre 2026

4,99 €

Hay existencias

LA AMISTAD.
Decía Julia Otero, cuando estaba sometiéndose al tratamiento del cáncer de colon que padeció, que tenía una amiga que siempre la acompañaba: “Yo voy y me siento a tu lado. Si quieres hablamos, y si no, no”. Esta es quizá una de las pruebas más certeras de la verdadera amistad: cuando no existen los silencios incómodos. El poder mantenerse la mirada sin decir nada en una habitación fría y aséptica. En la revista de este mes abordamos dos temas que, sin tener mucho que ver entre sí, están completamente ligados: el cáncer de mama y la amistad. Porque más allá de la sanación física, en toda enfermedad aparece otro componente que también hay que curar: el emocional. Y para hacerle frente, los vínculos sociales son fundamentales. Tener empatía, escuchar sin más, evitar las frases vacías o los ánimos huecos. Es curioso cómo hay personas a las que vemos a menudo y con las que, sin embargo, no conectamos: preparamos cada frase que les decimos y el diálogo se queda en la más absoluta superficialidad, en respuestas cortas y políticamente correctas. Y hay otras, en cambio, de las que llevamos tiempo sin saber nada, y basta un encuentro casual por la calle para conectar al segundo. Como dice la psicóloga Montse Escobar, “el secreto para mantener una amistad duradera radica en poder seguir siendo una misma dentro de la relación: mostrarnos como somos, sentir que no tenemos que ganarnos constantemente el cariño del otro y percibir que el vínculo se cuida en ambas direcciones”. Porque la amistad no se sostiene solo en la afinidad ni en la costumbre, sino en la decisión de seguir apareciendo. De hacer un hueco en la agenda para una llamada que no soluciona nada pero acompaña. De aprender a estar sin la necesidad de arreglar, de consolar sin minimizar, de acompañar el silencio sin llenarlo de frases hechas. Quien atraviesa una enfermedad no necesita soluciones ni discursos de ánimo: necesita presencia constante, esa que no se mide en visitas puntuales sino en la certeza de que, pase lo que pase, alguien va a seguir ahí. Cultivemos esas amistades y no tengamos miedo a soltar aquellas que nunca lo fueron de verdad.

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LA AMISTAD.
Decía Julia Otero, cuando estaba sometiéndose al tratamiento del cáncer de colon que padeció, que tenía una amiga que siempre la acompañaba: “Yo voy y me siento a tu lado. Si quieres hablamos, y si no, no”. Esta es quizá una de las pruebas más certeras de la verdadera amistad: cuando no existen los silencios incómodos. El poder mantenerse la mirada sin decir nada en una habitación fría y aséptica. En la revista de este mes abordamos dos temas que, sin tener mucho que ver entre sí, están completamente ligados: el cáncer de mama y la amistad. Porque más allá de la sanación física, en toda enfermedad aparece otro componente que también hay que curar: el emocional. Y para hacerle frente, los vínculos sociales son fundamentales. Tener empatía, escuchar sin más, evitar las frases vacías o los ánimos huecos. Es curioso cómo hay personas a las que vemos a menudo y con las que, sin embargo, no conectamos: preparamos cada frase que les decimos y el diálogo se queda en la más absoluta superficialidad, en respuestas cortas y políticamente correctas. Y hay otras, en cambio, de las que llevamos tiempo sin saber nada, y basta un encuentro casual por la calle para conectar al segundo. Como dice la psicóloga Montse Escobar, “el secreto para mantener una amistad duradera radica en poder seguir siendo una misma dentro de la relación: mostrarnos como somos, sentir que no tenemos que ganarnos constantemente el cariño del otro y percibir que el vínculo se cuida en ambas direcciones”. Porque la amistad no se sostiene solo en la afinidad ni en la costumbre, sino en la decisión de seguir apareciendo. De hacer un hueco en la agenda para una llamada que no soluciona nada pero acompaña. De aprender a estar sin la necesidad de arreglar, de consolar sin minimizar, de acompañar el silencio sin llenarlo de frases hechas. Quien atraviesa una enfermedad no necesita soluciones ni discursos de ánimo: necesita presencia constante, esa que no se mide en visitas puntuales sino en la certeza de que, pase lo que pase, alguien va a seguir ahí. Cultivemos esas amistades y no tengamos miedo a soltar aquellas que nunca lo fueron de verdad.

LA AMISTAD.
Decía Julia Otero, cuando estaba sometiéndose al tratamiento del cáncer de colon que padeció, que tenía una amiga que siempre la acompañaba: “Yo voy y me siento a tu lado. Si quieres hablamos, y si no, no”. Esta es quizá una de las pruebas más certeras de la verdadera amistad: cuando no existen los silencios incómodos. El poder mantenerse la mirada sin decir nada en una habitación fría y aséptica. En la revista de este mes abordamos dos temas que, sin tener mucho que ver entre sí, están completamente ligados: el cáncer de mama y la amistad. Porque más allá de la sanación física, en toda enfermedad aparece otro componente que también hay que curar: el emocional. Y para hacerle frente, los vínculos sociales son fundamentales. Tener empatía, escuchar sin más, evitar las frases vacías o los ánimos huecos. Es curioso cómo hay personas a las que vemos a menudo y con las que, sin embargo, no conectamos: preparamos cada frase que les decimos y el diálogo se queda en la más absoluta superficialidad, en respuestas cortas y políticamente correctas. Y hay otras, en cambio, de las que llevamos tiempo sin saber nada, y basta un encuentro casual por la calle para conectar al segundo. Como dice la psicóloga Montse Escobar, “el secreto para mantener una amistad duradera radica en poder seguir siendo una misma dentro de la relación: mostrarnos como somos, sentir que no tenemos que ganarnos constantemente el cariño del otro y percibir que el vínculo se cuida en ambas direcciones”. Porque la amistad no se sostiene solo en la afinidad ni en la costumbre, sino en la decisión de seguir apareciendo. De hacer un hueco en la agenda para una llamada que no soluciona nada pero acompaña. De aprender a estar sin la necesidad de arreglar, de consolar sin minimizar, de acompañar el silencio sin llenarlo de frases hechas. Quien atraviesa una enfermedad no necesita soluciones ni discursos de ánimo: necesita presencia constante, esa que no se mide en visitas puntuales sino en la certeza de que, pase lo que pase, alguien va a seguir ahí. Cultivemos esas amistades y no tengamos miedo a soltar aquellas que nunca lo fueron de verdad.