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Misiones suicidas de la II Guerra Mundial | Muy Historia Ed. Coleccionista Digital nº 75

7,50 €

CUANDO EL VALOR ROZA LA LOCURA.
En toda guerra hay gestos que desafían la lógica y rozan lo imposible. Misiones concebidas no para sobrevivir, sino para morir cumpliendo una orden. Durante la Segunda Guerra Mundial, la línea entre el heroísmo y la locura se desdibujó en operaciones que parecían dictadas por la desesperación. Los pilotos kamikazes del Japón imperial, los buzos italianos de los torpedos humanos o los comandos aliados que se lanzaban tras las líneas enemigas sabían que el regreso era improbable; sin embargo, avanzaban. Algunos lo hicieron por fe, otros por deber o por la mera inercia del sacrificio colectivo. «El valor —dijo Churchill— es considerado la primera de las cualidades humanas, porque es la que garantiza todas las demás». Quizá por eso el siglo xx lo convirtió en su virtud más peligrosa. En las montañas de Noruega, los saboteadores de Gunnerside arriesgaron la vida para impedir la bomba atómica nazi; sobre el cielo de Tokio, los hombres del raid de Doolittle probaron que la derrota no era definitiva, y en la Operación Antropoide, dos jóvenes checos demostraron que hasta un imperio puede temblar ante el coraje de unos pocos. El desierto africano, las aguas del Atlántico o los cielos del Pacífico fueron escenarios donde la audacia se confundió con la autodestrucción. Entre el cálculo militar y la devoción patriótica, millones de personas aprendieron que la frontera entre el deber y la locura puede medirse en segundos. A veces, el heroísmo no consiste en vencer, sino en aceptar el destino con una serenidad que asusta. Porque en aquellas misiones donde la vida valía tan poco, el ser humano reveló —una vez más— que su fe en una causa puede ser tan letal como admirable. Disfruta de cada página y no olvides que la historia no se lee, se revive.

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En toda guerra hay gestos que desafían la lógica y rozan lo imposible. Misiones concebidas no para sobrevivir, sino para morir cumpliendo una orden. Durante la Segunda Guerra Mundial, la línea entre el heroísmo y la locura se desdibujó en operaciones que parecían dictadas por la desesperación. Los pilotos kamikazes del Japón imperial, los buzos italianos de los torpedos humanos o los comandos aliados que se lanzaban tras las líneas enemigas sabían que el regreso era improbable; sin embargo, avanzaban. Algunos lo hicieron por fe, otros por deber o por la mera inercia del sacrificio colectivo. «El valor —dijo Churchill— es considerado la primera de las cualidades humanas, porque es la que garantiza todas las demás». Quizá por eso el siglo xx lo convirtió en su virtud más peligrosa. En las montañas de Noruega, los saboteadores de Gunnerside arriesgaron la vida para impedir la bomba atómica nazi; sobre el cielo de Tokio, los hombres del raid de Doolittle probaron que la derrota no era definitiva, y en la Operación Antropoide, dos jóvenes checos demostraron que hasta un imperio puede temblar ante el coraje de unos pocos. El desierto africano, las aguas del Atlántico o los cielos del Pacífico fueron escenarios donde la audacia se confundió con la autodestrucción. Entre el cálculo militar y la devoción patriótica, millones de personas aprendieron que la frontera entre el deber y la locura puede medirse en segundos. A veces, el heroísmo no consiste en vencer, sino en aceptar el destino con una serenidad que asusta. Porque en aquellas misiones donde la vida valía tan poco, el ser humano reveló —una vez más— que su fe en una causa puede ser tan letal como admirable. Disfruta de cada página y no olvides que la historia no se lee, se revive.

CUANDO EL VALOR ROZA LA LOCURA.
En toda guerra hay gestos que desafían la lógica y rozan lo imposible. Misiones concebidas no para sobrevivir, sino para morir cumpliendo una orden. Durante la Segunda Guerra Mundial, la línea entre el heroísmo y la locura se desdibujó en operaciones que parecían dictadas por la desesperación. Los pilotos kamikazes del Japón imperial, los buzos italianos de los torpedos humanos o los comandos aliados que se lanzaban tras las líneas enemigas sabían que el regreso era improbable; sin embargo, avanzaban. Algunos lo hicieron por fe, otros por deber o por la mera inercia del sacrificio colectivo. «El valor —dijo Churchill— es considerado la primera de las cualidades humanas, porque es la que garantiza todas las demás». Quizá por eso el siglo xx lo convirtió en su virtud más peligrosa. En las montañas de Noruega, los saboteadores de Gunnerside arriesgaron la vida para impedir la bomba atómica nazi; sobre el cielo de Tokio, los hombres del raid de Doolittle probaron que la derrota no era definitiva, y en la Operación Antropoide, dos jóvenes checos demostraron que hasta un imperio puede temblar ante el coraje de unos pocos. El desierto africano, las aguas del Atlántico o los cielos del Pacífico fueron escenarios donde la audacia se confundió con la autodestrucción. Entre el cálculo militar y la devoción patriótica, millones de personas aprendieron que la frontera entre el deber y la locura puede medirse en segundos. A veces, el heroísmo no consiste en vencer, sino en aceptar el destino con una serenidad que asusta. Porque en aquellas misiones donde la vida valía tan poco, el ser humano reveló —una vez más— que su fe en una causa puede ser tan letal como admirable. Disfruta de cada página y no olvides que la historia no se lee, se revive.