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¿Por qué no consigo desconectar? Muy Interesante nº 545 octubre 2026

4,99 €

Hay existencias

Detenerse a mirar.
El cerebro humano es prodigioso, sin duda, pero hiperestimularlo tiene un precio. Vivimos enchufados a un flujo constante de mensajes, pantallas y avisos que reclaman nuestra atención casi al mismo tiempo, y saltamos de una cosa a otra como si eso no tuviera ningún coste. Pero la ciencia empieza a preguntarse qué ocurre cuando estar conectados deja de ser una herramienta y se convierte en nuestro estado permanente. Atención, memoria, aprendizaje, sueño y percepción del tiempo pueden resentirse; y el asunto resulta más delicado durante la infancia y la adolescencia, cuando el cerebro todavía está construyéndose. Quizá por eso la neurociencia nos invita a recuperar algo que parecía pasado de moda: el derecho a parar, aburrirse un poco y dejar que la mente encuentre su propio ritmo. Curiosamente esto tiene mucho que ver con otros estudios que muestran hasta dónde puede llegar la resistencia del cerebro. Los llamados SuperAgers conservan después de los ochenta años una memoria extraordinaria y una biología cerebral que obliga a revisar algunas ideas sobre el envejecimiento. También nos preguntamos en este número por qué personas inteligentes cometen errores absurdos, cómo influye el grupo en nuestras decisiones y si esa vieja compañera humana que llamamos estupidez tiene, en el fondo, una historia evolutiva. Estas preguntas sobre la mente conectan con un debate más profundo: ¿produce la inteligencia artificial respuestas brillantes porque comprende, o solo porque procesa? La célebre habitación china de John Searle sigue sin tener una respuesta cómoda. Recorremos también el largo camino intelectual que permitió convertir las danzas celestes en ecuaciones, desde los primeros astrónomos hasta Newton, y descubrimos la biología de la amabilidad, los enigmas de las pirámides y otras historias que nos recuerdan que entender el mundo exige algo más que información, exige tiempo para detenerse a mirar.

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El cerebro humano es prodigioso, sin duda, pero hiperestimularlo tiene un precio. Vivimos enchufados a un flujo constante de mensajes, pantallas y avisos que reclaman nuestra atención casi al mismo tiempo, y saltamos de una cosa a otra como si eso no tuviera ningún coste. Pero la ciencia empieza a preguntarse qué ocurre cuando estar conectados deja de ser una herramienta y se convierte en nuestro estado permanente. Atención, memoria, aprendizaje, sueño y percepción del tiempo pueden resentirse; y el asunto resulta más delicado durante la infancia y la adolescencia, cuando el cerebro todavía está construyéndose. Quizá por eso la neurociencia nos invita a recuperar algo que parecía pasado de moda: el derecho a parar, aburrirse un poco y dejar que la mente encuentre su propio ritmo. Curiosamente esto tiene mucho que ver con otros estudios que muestran hasta dónde puede llegar la resistencia del cerebro. Los llamados SuperAgers conservan después de los ochenta años una memoria extraordinaria y una biología cerebral que obliga a revisar algunas ideas sobre el envejecimiento. También nos preguntamos en este número por qué personas inteligentes cometen errores absurdos, cómo influye el grupo en nuestras decisiones y si esa vieja compañera humana que llamamos estupidez tiene, en el fondo, una historia evolutiva. Estas preguntas sobre la mente conectan con un debate más profundo: ¿produce la inteligencia artificial respuestas brillantes porque comprende, o solo porque procesa? La célebre habitación china de John Searle sigue sin tener una respuesta cómoda. Recorremos también el largo camino intelectual que permitió convertir las danzas celestes en ecuaciones, desde los primeros astrónomos hasta Newton, y descubrimos la biología de la amabilidad, los enigmas de las pirámides y otras historias que nos recuerdan que entender el mundo exige algo más que información, exige tiempo para detenerse a mirar.

Detenerse a mirar.
El cerebro humano es prodigioso, sin duda, pero hiperestimularlo tiene un precio. Vivimos enchufados a un flujo constante de mensajes, pantallas y avisos que reclaman nuestra atención casi al mismo tiempo, y saltamos de una cosa a otra como si eso no tuviera ningún coste. Pero la ciencia empieza a preguntarse qué ocurre cuando estar conectados deja de ser una herramienta y se convierte en nuestro estado permanente. Atención, memoria, aprendizaje, sueño y percepción del tiempo pueden resentirse; y el asunto resulta más delicado durante la infancia y la adolescencia, cuando el cerebro todavía está construyéndose. Quizá por eso la neurociencia nos invita a recuperar algo que parecía pasado de moda: el derecho a parar, aburrirse un poco y dejar que la mente encuentre su propio ritmo. Curiosamente esto tiene mucho que ver con otros estudios que muestran hasta dónde puede llegar la resistencia del cerebro. Los llamados SuperAgers conservan después de los ochenta años una memoria extraordinaria y una biología cerebral que obliga a revisar algunas ideas sobre el envejecimiento. También nos preguntamos en este número por qué personas inteligentes cometen errores absurdos, cómo influye el grupo en nuestras decisiones y si esa vieja compañera humana que llamamos estupidez tiene, en el fondo, una historia evolutiva. Estas preguntas sobre la mente conectan con un debate más profundo: ¿produce la inteligencia artificial respuestas brillantes porque comprende, o solo porque procesa? La célebre habitación china de John Searle sigue sin tener una respuesta cómoda. Recorremos también el largo camino intelectual que permitió convertir las danzas celestes en ecuaciones, desde los primeros astrónomos hasta Newton, y descubrimos la biología de la amabilidad, los enigmas de las pirámides y otras historias que nos recuerdan que entender el mundo exige algo más que información, exige tiempo para detenerse a mirar.