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¿Por qué somos egoistas? | Muy Interesante nº 544 septiembre 2026

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Hay existencias

Somos egoístas por naturaleza o aprendemos a serlo? La pregunta parece sencilla, pero obliga a mirar hacia los genes, el cerebro, la evolución y las reglas que sostienen la convivencia. Medio siglo después de la publicación de El gen egoísta, la ciencia ha matizado la metáfora de Richard Dawkins: los genes favorecen estrategias de supervivencia, pero no dictan la conducta. Competimos, protegemos lo propio y tememos perder; pero también cooperamos, cuidamos, compartimos y levantamos instituciones enteras para que aprovecharse de los demás no sea siempre la opción ganadora. Esa misma tensión entre herencia, aprendizaje y cultura late en el resto de estas páginas. El cerebro nocturno revela que dormir no es apagarse, sino reorganizar recuerdos, emociones y procesos esenciales para la salud. La genética forense muestra cómo una molécula invisible puede identificar culpables, liberar inocentes y devolver un nombre a víctimas olvidadas. Desde la física,
seguimos el camino que une a Galileo con Einstein y descubrimos cómo la metrología cuántica empuja la precisión hasta límites antes inimaginables. Nos preguntamos también si tener más información equivale a comprender mejor, o si la inteligencia artificial multiplica el ruido. Frente a ese exceso, recuperamos el estoicismo más allá de sus caricaturas digitales, exploramos el posible valor evolutivo de la torpeza a partir de las observaciones de Jane Goodall y contemplamos la caída del nazismo desde la mirada inocente de una perra, Blondi. Comprender al ser humano exige  aceptar sus contradicciones. Tal vez nuestra mayor ventaja evolutiva no sea vencer siempre, sino aprender cuándo competir, cuándo colaborar y cómo pensar juntos.

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Somos egoístas por naturaleza o aprendemos a serlo? La pregunta parece sencilla, pero obliga a mirar hacia los genes, el cerebro, la evolución y las reglas que sostienen la convivencia. Medio siglo después de la publicación de El gen egoísta, la ciencia ha matizado la metáfora de Richard Dawkins: los genes favorecen estrategias de supervivencia, pero no dictan la conducta. Competimos, protegemos lo propio y tememos perder; pero también cooperamos, cuidamos, compartimos y levantamos instituciones enteras para que aprovecharse de los demás no sea siempre la opción ganadora. Esa misma tensión entre herencia, aprendizaje y cultura late en el resto de estas páginas. El cerebro nocturno revela que dormir no es apagarse, sino reorganizar recuerdos, emociones y procesos esenciales para la salud. La genética forense muestra cómo una molécula invisible puede identificar culpables, liberar inocentes y devolver un nombre a víctimas olvidadas. Desde la física,
seguimos el camino que une a Galileo con Einstein y descubrimos cómo la metrología cuántica empuja la precisión hasta límites antes inimaginables. Nos preguntamos también si tener más información equivale a comprender mejor, o si la inteligencia artificial multiplica el ruido. Frente a ese exceso, recuperamos el estoicismo más allá de sus caricaturas digitales, exploramos el posible valor evolutivo de la torpeza a partir de las observaciones de Jane Goodall y contemplamos la caída del nazismo desde la mirada inocente de una perra, Blondi. Comprender al ser humano exige  aceptar sus contradicciones. Tal vez nuestra mayor ventaja evolutiva no sea vencer siempre, sino aprender cuándo competir, cuándo colaborar y cómo pensar juntos.

Somos egoístas por naturaleza o aprendemos a serlo? La pregunta parece sencilla, pero obliga a mirar hacia los genes, el cerebro, la evolución y las reglas que sostienen la convivencia. Medio siglo después de la publicación de El gen egoísta, la ciencia ha matizado la metáfora de Richard Dawkins: los genes favorecen estrategias de supervivencia, pero no dictan la conducta. Competimos, protegemos lo propio y tememos perder; pero también cooperamos, cuidamos, compartimos y levantamos instituciones enteras para que aprovecharse de los demás no sea siempre la opción ganadora. Esa misma tensión entre herencia, aprendizaje y cultura late en el resto de estas páginas. El cerebro nocturno revela que dormir no es apagarse, sino reorganizar recuerdos, emociones y procesos esenciales para la salud. La genética forense muestra cómo una molécula invisible puede identificar culpables, liberar inocentes y devolver un nombre a víctimas olvidadas. Desde la física,
seguimos el camino que une a Galileo con Einstein y descubrimos cómo la metrología cuántica empuja la precisión hasta límites antes inimaginables. Nos preguntamos también si tener más información equivale a comprender mejor, o si la inteligencia artificial multiplica el ruido. Frente a ese exceso, recuperamos el estoicismo más allá de sus caricaturas digitales, exploramos el posible valor evolutivo de la torpeza a partir de las observaciones de Jane Goodall y contemplamos la caída del nazismo desde la mirada inocente de una perra, Blondi. Comprender al ser humano exige  aceptar sus contradicciones. Tal vez nuestra mayor ventaja evolutiva no sea vencer siempre, sino aprender cuándo competir, cuándo colaborar y cómo pensar juntos.